
I. Sapientia
Lo que no sabemos.
Lo que no decimos.
Lo que no llegamos nunca a sospechar.
Las sombras que son claridad mentida.
Las sombras que nos deforman
en el fondo de los miedos.
Todo eso y más en espiral cerrada,
azúcar de soledad en el fondo de una taza de café.
II. Cerrojos
Los cerrojos nunca llegan a cerrar realmente nada.
Escondemos la cabeza detrás de las puertas, nada más.
O es que aún no sabes que el miedo no se miente,
se escapa a cada gesto como si no se viera
pero todos lo adivinan y murmuran.
Parece que no sea más que un pasaje
hacia un destino seguro
entre las ruinas de nuestro corazón.
Pero el corazón también tiene ventanas
y a veces se escapa por donde no debe.
Y qué vamos a hacer si no hay manera
de hacerle entrar en razón,
que él tiene las suyas propias
más sanas y más justas y más nobles
de lo que los demás siempre sospechan.
III. Espejo
No quiero mirarme en el espejo del tiempo.
Encontrarme solo lo que me sobrevive,
extraña, sola, sin fe.
Dejar atrás lo que creí saber
de mí, de los demás,
lo que olvido cada día
y no quiero.
No quiero tener que decir nada,
ni hacer balance
ni enumerar propósitos
ni deshacerme en exageraciones
ni pesares.
Ahora mismo solo quiero
silencio;
y, si es posible,
un espacio para sobrevivirme
y sobre todo
un momento para perdonarme.
IV. Calma
Levantarse, caminar, seguir rodando
después de tanto ruido, y de tantas sombras,
y el frío al despertar
y de tanto silencio al fin
y de tanta maldita suerte de seguir siempre temiendo
que el ruido vuelva con sus sombras y su noche.
Levantarse, caminar, y mirarnos a los ojos cada día
y temer seguir rodando.
Y saber, sin embargo, a ciencia cierta,
que debemos seguir honrando tierra y cielo
y la bendita luz que nos alumbra.
Al día que nace siempre nuevo
y nos llega para que podamos renacer
en nosotros mismos.
Para empujarnos a seguir y caminar,
siempre caminar.
Y tener la suerte de poder salir en busca aún
de nuestros propios y benditos
horizontes más sedientos
cercanos o imposibles.
V. Jardín de Dios
El jardín de Dios
lo sostiene un alma pequeña
que se siente sola.
Dialoga con los árboles,
con la brizna de hierba
que crece entre las piedras.
Espera siempre que alguien
se acerque y pregunte qué tal.
Pero solo se acercan los pájaros.
Tal vez ese alguien que espera
habla así,
y se muestra y se pierde
en el batir de sus alas,
en la reverberación
de la luz en las hojas,
en el sonido de los coches
que se pierden en la carretera.
y es esclava de su silencio
y libre de perderse en él.
VI. Un paraje desnudo
Un paraje desnudo asoma por la ventana entreabierta
Parece que esté mirando un cielo sin nombre ni palabra.
Escucha el silencio de las cosas calladas.
Siempre supiste que jamás entenderías el lenguaje de los dioses
y aún así te empeñas en seguir escuchando:
nada es más triste.
Se limita a murmurar, si es que murmura apenas,
el nombre de las cosas.
Y tú lo repites porque no hay nada más
en el lenguaje incierto que esconden los hombres
como un tesoro con enigmas vacíos.
Sólo el que camina por los senderos de la palabra del otro
mirando amablemente a los ojos del sediento
podrá entrever y, si hay suerte, entender el sentido del silencio
y pronunciarlo, y dialogarlo
saltar al vacío sin peligro de ahogarse en la terrible nada
pasar sobre las brasas, caminar
y encontrar desnudo el paisaje y no sentirse solo.
El lenguaje de los dioses, es su palabra.
VII. Presagio
Una mujer se asoma a la ventana y mira.
La tarde somnolienta le acaricia el torso.
Enmarañándose y revuelta,
preñada de presagio y certidumbre
se inclina levemente
se esconde y da vueltas en su pelo
regocijándose,
la hace sonreír, la aprieta
y se agarra a sus entrañas
consiguiendo el favor
de sostener su mirada
hasta caer rendida.
De carne y sangre es su dolor
que yace de nuevo esperando.
VIII. Páramos
Desde los páramos de los días tristes.
Desde la desesperación.
Desde la calma blanca que no camina
que solo puede mirar alrededor
y solo ve su dolor y nada más.
Nada más que su dolor y no ve nada.
Desde el silencio y la desconfianza.
Desde el desierto frío del día sin luz.
Desde la soledad.
En el punto exacto desde el que arranca todo.
La punzada mortal que alimenta la vida.
Desde ahí, desde la herida
comienzo a caminar
hacia la luz que queda
prendida a los labios que es tu nombre
hacia los páramos azules
de los días felices del Edén,
donde todo empieza y todo termina.
Hacia ti, a buscarte.
IX. El caminante
Caminar caminan los que te conocen
los que saben de ti y de tu imagen
quienes se mecen
en los bordes de tu risa
o van de tu mano abierta
o tras el rastro de tu voz sus ojos.
Quien no, es quien no te sabe,
ni sabe de la risa nada
ni de los hombres
de su imagen y semejanza
del reflejo más cierto que les sepa
vivos y completos.
caminan en las sombras de la noche
sin luna ni esperanza
y se pierden sin cesar
alrededor de sí mismos.
X. Nombre
No tiene nombre
aunque le han dado varios
que es más honda su voz y más alta
remonta a los cielos y baja a las sombras
que nos sumergen en noches oscuras.
Y entonces nos habla
y no dirá palabras conocidas
que podamos pronunciar
o apenas soñar.
Su canción será la que tiemble
en la flor más pequeña
que no sacie su sed y no tenga esperanza
y al borde de su extinción
entregue su voluntad y su vestido.
