
De repente unos niños
De repente unos niños una tarde cualquiera
asaltan con su risa a la melancolía
increpando excitados a su rabiosa cara.
Que ruedan corriendo su mundo cristal
raudo y hambriento.
Que nada temen si el motivo es andar
hacia adelante y descubrirse a cada paso
y reinventar la risa y cogerla y guardarla
en cuanto se descuide,
que cabe casi todo en menos que un bolsillo.
¿Qué podríamos guardar en tu bolsillo sueño?
¿Qué podríamos guardar que nos mantenga a salvo
de los jardines tristes que de pronto asaltan
a la espalda del mundo?
Guardaos un trocito de esa risa sueño.
A carcajada hambrienta torceréis la mueca
de esa fea tristeza, que reirá, seguro,
con nada que os vea.
Tarde de agosto
Era una tarde extraña de agosto.
La recuerdo.
Cielo y tierra se bañaban en el aire
y bailaban una danza dulce.
Y, bailando, se pusieron de puntillas
a despertar mi piel.
La tarde era aquello. Belleza.
Caminábamos despacio
y yo tenía diez años
y el sol en la piel.
Susurraban las ramas
estampando sus juegos de luz
en mi vestido nuevo.
Cuesta arriba
mi sombra,
proyectada en líneas,
silueta alargada de luz.
Y era el viento mi piel
y mi piel un temor
que me llenaba a bocanadas,
dulce,
de unas ansias locas de volar.
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